La noche de las doscientas estrellas

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Hay noches de invierno en las que el aire es tan lim-pio que corta como una cuchilla de afeitar, las estrellas parecen estar mas cerca y todas las flores son blancas. Las luces de la ciudad, petrificadas, no son capaces de colorear las aceras: huele a frlo.

Una de esas noches, una mujer-dragon exhalaba hu-mo por las aletas de su nariz mientras recorria las ca-lles, armada con un par de zapatillas de deporte negras.

Esa misma noche, un hombre-dragon se de tenia bajo las farolas un instante con la vana esperanza de que el hazdeluzcalentase sushuesos.

Ambos hablan perdido el aliento de chorro de fuego hacla ya muchos anos. Ellajjaseaha mirando hacia el cielo negro y las estrellas blancas. El capainaba con la vista fija en el asfalto gris.

En sus recorridos no habla un objetivo determinado,
y jamas se hablan cruzado con nadie, quiza porque a
esas horas solo los dragones sol-itarios se aventuran a salir de sus casas.

Sobre las ramas desnudas de acacias y platanos los pajaros cantaban sin descanso, quiza para poder escu

charse, quiza porque los pajaros de ciudad tambien han perdido el norte.

En un barrio pobre habia una calle estrecha con un unico banco. Las casas estaban revestidas de chapa pintada de diferentes colores, rojo, amarillo, azul cielo, verde bo tella, y la pintura absorbia la luz de modo que los tintes de las fachadas se sobreponlan a la gelida os-curidad de la noche. Aunque el termometro marcase la misma temperatura que los otros de la ciudad, los tonos alegres de las fachadas produclan en el paseante la sen-sacion de que alii nunca llegaba el invierno, o al menos de que no era tan triste.

El banco tampoco era normal. Doble y de gran lon-gitud, dos de sus cuatro patas eran mas largas que las otras para enganar la pronunciada pendiente 3^ mante-nerse horizontal. Uno se convertia en espectador de la acera izquierda 0 de la derecha, segun el lado del banco en el que tomase asiento; si se sentaba en un extreme», los pies apenas rozaban el piso, 3^ si lo hacfa al otro, las rodillas quedaban a la altura del pecho. El asiento 3^ el respaldo eran de madera veteada, suave al tacto por el uso, los brazos y las patas de hierro forjado pintado de azul marino, con desconchones. Ademas, contaba con la particularidad de ser virgen, nadie habia grabado en el mensajes de amor ni de odio. Todo en el era horizontal 0 vertical, no habia ilorjturas en sus formas: era un banco pensado para sentarse 3^ mirar.

 

Aquella noche, calle, casas y banco parecian encogi-dos por el fno, envueltos por una bruma que lejos de es-conder sus encantos los acentuaba.

La primera en llegar fue la mujer-dragon. Doblo la esquina y se encontro con las casas de colores. Su expresion no cambio, pero sus pasos se tornaron mas cortos y lentos, como si hubiese ralentizado su huida. Cuando vio el banco se sintio terriblemente cansada, dio un par de vueltas alrededor, estudiando-lo con detenimiento, como si de su observacion depen-diera la decision de acomodarse en el, y finalmente se sento.

Sobre la acera, los minusculos pedacitos de cristal de una botella de vino rota brillaban por efecto de la rever-beracion de la luz de una farola. La mujer-dragon fijo sus ojos pardos en los cristales e imagino que eran es-trellas. Extendio su mano derecha, sonrio y penso: jamas estuve tan cerca del cielo. La mujer-dragon tenia la piel de galiina.

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